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domingo, 10 de octubre de 2010

La Idea Divina Reclama Brazos Humanos

Por Marina Silva
Es una característica muy notoria entre los espíritas el uso que damos al verbo, a la oratoria; las citaciones que hacemos de los Espíritus conocidos y respetables, la frase justa que siempre tenemos de memoria a cada momento o situación, cuando acomodamos bien el tono de voz para demostrar nuestro supuesto conocimiento; o la anécdota que sirve de ejemplo perfecto a los demás.

Muchas veces nos olvidamos de reflexionar sobre lo verbalizado como una lección que nos sirve a nosotros, que nos pueda tocar la estructura íntima. Que no sea solamente algo memorizado, cuya enseñanza creemos ya haberla superado.

Ya basta de la lectura del Evangelio que se adapta perfectamente a los demás, o de la hermosa conferencia que escuchamos que se ajustaría más a un familiar o amigo que no la pudo escuchar que a nosotros.


Ya basta de ponernos la máscara sonriente cuando nos vamos a la Casa Espírita, que usamos cuando hablamos con las personas que a ella se acercan y cuando volvemos a nuestros hogares, somos irrespetuosos con nuestros familiares, no somos indulgentes, ni amables, ni pacientes.

Somos muy atentos durante la práctica de la Asistencia Fraterna, pero no nos detenemos a escuchar nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros abuelos…

En vez de aceptar nuestra miseria moral y esforzarnos por mitigarla, nos es más fácil afirmar que los hermanos desencarnados nos conducen a los desvíos; hermanos que, según nuestro parecer, acompañan siempre a los demás y no a nosotros, por afinidad. O en vez de aceptar nuestra vibración inferior, es más fácil decir que alguien nos “cargó” o nos “sacó” energías.

Hablamos con dulzura durante nuestras conferencias y mostramos a los oyentes un derrotero de luz y amor lo cual no seguimos.

Enseñamos a todos que es muy importante estudiar la Doctrina, pero no lo hacemos porque nos creemos muy sabios y listos. Sin embargo, difundimos teorías absurdas que nada tienen que ver con el Espiritismo, lo que demuestra nuestra ignorancia y arrogancia.

Criticamos a nuestros compañeros espíritas cuando no están presentes.

Nos resentimos por cualquier tontería. Anhelamos ser protagonistas en todas las tareas.

La Doctrina Espírita no precisa de tantas bocas, de tantos personajes centrales. La Doctrina Espírita precisa de brazos, y brazos decididos y humildes.

Brazos que muestren como se hace, en vez de decirlo. Brazos que recuerden los primeros cristianos que además de predicar se dedicaban los carenciados, a los atormentados, a los enfermos y sin ánimos de críticas.

Emmanuel, en la introducción del libro “¡Ave, Cristo!, escribe que “la idea divina reclama brazos humanos”, que “la obra del Señor ruega recursos en la realización de la paz”. Y lo leemos bien: en la realización y no en la verbalización.

“¡Que el ejemplo de los hijos del Evangelio, en los tiempos pos-apostólicos, nos inspire hoy la simplicidad y el trabajo, la confianza y el amor con que sabían abdicar de sí mismos, en servicio del Divino Maestro!
¡Que sepamos, como ellos, transformar espinos en flores y piedras en panes, en las tareas que lo Alto depositó en nuestras manos!...
Hoy, como ayer, Jesús prescinde de nuestras guerrillas de palabras, de nuestras tempestades de opinión, de nuestro fanatismo sectario y de nuestro exhibicionismo en las obras de experiencia seductora y mente enfermiza.
El Excelso Benefactor, por encima de todo, espera de nuestra vida el corazón, el carácter, la conducta, la actitud, el ejemplo y el servicio personal incesante, únicos recursos con que podremos garantizar la eficiencia de nuestra cooperación, en Su compañía, en la edificación del Reino de Dios.” (EMMANUEL, 1954)


¡Espíritas, mantengamos la coherencia doctrinaria para que nuestra palabra sea coherente con nuestras acciones!




Referencia


XAVIER, Francisco Cândido. Por el Espíritu Emmanuel. Ave, Cristo. 5ª Ed. Rio de Janeiro: FEB, 1954. 7-8 p.


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