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miércoles, 12 de mayo de 2010

Reflexión filosófica sobre la muerte

Según Izabel Petraglia y Cláudio Roberto Fontana Bastos, en el artículo “Muerte, Complejidad y Educación”, Sócrates decía que filosofar es aprender a morir. En su apología, Platón describe como Sócrates estimulaba a los ciudadanos de Atenas a fijarse en la perfección del alma y valorarla más que al cuerpo. Para él, la muerte era algo tan natural como la vida. La superación de la angustia y del miedo a la muerte libertaría al hombre.

En el mismo artículo, sus autores dicen que la filosofía griega lograba enfrentar y aceptar la susceptibilidad del ser humano, camino a la muerte y Sócrates relacionaba la misión educacional al cuidado del alma a través del conocimiento de la verdad.

Platón defendía la idea de que el alma seguía existiendo tras la muerte del cuerpo. Para él, el cuerpo era la cárcel del alma, así que morir nada más era que alcanzar la libertad.

En la Edad Media, la muerte era un rito de pasaje de las cosas transitorias a las eternas. El moribundo la esperaba en su casa, acostado y mirando hacia arriba, donde estaba el cielo. Era una gran ceremonia pública en la que mujeres lloraban, se arrancaban los pelos y se rasgaban la ropa; sus gemidos eran como un ritual y la preocupación principal no era la muerte, sino la salvación del alma.

La idea griega de la muerte que liberta, da lugar al terror de la condena del alma al infierno medieval y es posible que los escenarios infernales pintados por la Iglesia Católica en el Medievo hayan estimulado muchos hombres al materialismo en el período posterior. Y es esta concepción teológica medieval y la negación materialista intensificada en la Edad Moderna, las principales formadoras de los conceptos occidentales de muerte heredados por la Edad Contemporánea: por un lado los creyentes en la salvación o condena eternas; por otro los que creen que la muerte es el fin.

Herculano Pires en “Educación para la Muerte” dice que el miedo a la muerte es el temor a la soledad y a la oscuridad, lo que fue agravado por los teólogos que “oficializaron leyendas del Infierno, Purgatorio y del Limbo, de las cuales no escapan siquiera los niños que se mueren sin bautizarse”. El autor recuerda que el Papa Pablo VI declaró que la Iglesia no sabe como es la vida después de la muerte.

Sin embargo, la misma Iglesia Católica (además de otras) divulga ampliamente la idea aterradora del Infierno, aunque no confirma conocer su existencia.

Tal concepción se justificaba en la Edad Media, cuando el comercio de las indulgencias era muy practicado, cuando la felicidad eterna estaba sometida al “relleno de los cofres dejados en la Tierra” por los fallecidos. Pero después de la Reforma y con el fin de la Edad Media, este modelo teológico se mostraba poco confiable para algunos.

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