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jueves, 1 de abril de 2010

MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO


(San Juan, cap. XVIII, v.36)

(EVANGELIO SEGÚN EL ESPIRITISMO, Capítulo II)


Comprendemos que el Reino de que habla Jesús es aquel donde el hombre superó sus debilidades y ya puede comprender y practicar las Leyes Divinas, viviendo en fraternidad con sus hermanos y dedicándose como trabajador activo en el Bien.


Sabemos también que este Reino no está restricto a los límites físicos sino que trasciende las fronteras meramente materiales.


Ya somos concientes de que para alcanzar este Reino debemos esforzarnos por promover la transformación sincera de nuestro espíritu a través de lo que llamamos “reforma íntima” y seguir las huellas de luz que representan los ejemplos de Jesús cuando estuvo encarnado en la Tierra. En resumen, debemos aprender a amar incondicionalmente, considerando el verbo amar como un verbo de acción, que ofrece la mano a los hermanos del camino para que podamos ascender juntos al Reino.


Igualmente no ignoramos que el Maestro vino a nuestro Planeta para enseñarnos en la práctica, el camino que nos conduce al anhelado Reino.


Quizás, todavía no nos detuvimos a reflejar sobre la importancia de este mundo donde estamos encarnados en este momento, es decir, nos preocupamos tanto por la llegada al Reino que no aprovechamos el instrumento para alcanzarlo.


Joanna de Ângelis, en el libro “Jesús y el Evangelio bajo la Luz de la Psicología Profunda”, nos brinda importantes reflexiones sobre el tema:


El mundo, examinado bajo la óptica teológica a la luz de la psicología profunda, es un educandario de desarrollo de los recursos espirituales del ser en tránsito para el Reino de los Cielos.


Según Joanna, con el avance del conocimiento, mundo y Reino ya no poseen carácter antagónico, ya no están separados por un “enorme abismo”.


El mundo posee sus características, sus reglas, su ética y sus principios y todo este conjunto evoluciona en la medida en que evoluciona el hombre. Y tenemos pruebas concretas de esta afirmación, pues ya vivimos en un mundo que disminuyó la desigualdad entre hombres y mujeres, que reprocha la esclavitud, que considera los derechos de los niños... Y podríamos seguir dando innúmeros ejemplos de que nuestro mundo camina, aunque con pasos lentos, para alcanzar la condición de Reino.


Desde el inicio del Cristianismo ya existían los aprendices del Evangelio que se apartaban del mundo creyendo que ayunos y oraciones eran suficientes para alcanzar el Reino, privándose de la convivencia social y de la felicidad.


La vida terrestre es el camino que nos conduce a los brazos amorosos de Dios y en realidad el Reino de Dios duerme dentro de nosotros y se va a despertar cuando desarrollemos el potencial que nos brindó la esencia Divina.


Joanna nos dice, en el libro citado, que el Reino está presente también en “los paisajes y regiones del sentimiento, donde se puedan establecer las bases de la fraternidad y el amor que una todos los individuos como hermanos.”


Jesús, encarnando en la Tierra, nos enseñó que el Reino de Dios está abierto a todos aquellos que lo desean con sinceridad y alegría, que se dedican a construirlo en su íntimo con amor y confianza. Amor por el mundo y confianza en el Reino.


No podemos alcanzar el Reino ignorando el mundo. Nos cabe vivir de la mejor manera posible, trabajando por nosotros y por el prójimo, conquistando toda la felicidad que se pueda en este mundo, abandonando las ilusiones y anhelos puramente materiales y guardando en nuestro interior las enseñanzas cristianas.


“Mi Reino no es de este mundo”, dijo Jesús. Pero en el mundo tenemos la oportunidad de llegar al Reino. Es consolador saber que todo lo malo es transitorio, que el dolor es pasajero y que la manera como nos manejamos en las vicisitudes de la vida son experiencias que nos enriquecen y que determinan la velocidad de nuestra caminata hacia el Reino.


Alimentemos la alegría para celebrar lo que tenemos y la confianza en la conquista de lo que deseamos como Espíritus eternos.


Esforcémonos por nuestra mejora individual, auxiliando a todos aquellos que caminan con nosotros y seguramente estaremos aportando para la mejora del mundo. Y nos estaremos acercando, colectivamente, al Reino.

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